¿COSAS DE LIBROS? COSAS DE PODCASTS


Somos los libros que hemos leído, y las historias que nos han contado. Al hilo de esta reflexión, que probablemente muchos compartís, hace pocos días escuché, gracias a ti, un podcast de Javier Peña, de la serie “GRANDES INFELICES”, que me dio mucho que pensar sobre lo que somos, sobre lo que seremos, y sobre lo que hemos sido.

El podcast en cuestión se titula “ESPECIAL CIUDADES Y LITERATURA”. Os dejo por aquí el enlace correspondiente, por si os apetece escucharlo.

https://open.spotify.com/episode/1HePLOhByfl33liXJJDQsB?si=_ovx3LONS7C0CtIsuPJVgw

Casi al principio, se cita una reflexión de Cortázar que el gran escritor le remitió a un amigo argentino desde París: “En el fondo, todos suspiramos por el único atributo de Dios que vale la pena: la ubicuidad. Sentir que la vida en París se hace al precio de la NO VIDA en Buenos Aires, o en Venecia, o en Tahití, y que ser humano es estar continuamente recortado de algo, privado de algo, basta para melancolizarlo a uno muchas veces”. Javier Peña identifica a continuación esta cita con una de las razones por las que leemos o escribimos: “porque nos negamos a aceptar que la ubicuidad sea imposible. A través de las historias, a través de los libros, viajamos a todas las ciudades del mundo, nos hacemos ubicuos… Cuando uno viaja a las ciudades sobre las que ha leído, siente que ya ha estado allí”. Es importante matizar y repetir que no solamente a través de los libros alcanzamos ese estado de ubicuidad que nos acerca a lo sublime, sino también a través de las historias que nos han contado a lo largo de nuestra vida.

Tras unas cuantas “paradas” en su podcast relacionadas con escritores y las ciudades que vivieron o inventaron, Peña llega a la que me ha empujado a escribir esta entrada. Se trata de la historia de Heinrich Schliemann y su búsqueda implacable de Troya. Con catorce años, en 1836, Schliemann trabajaba en un comercio de la población alemana de Furstenberg, de cinco de la mañana a once de la noche, empaquetando pedidos y sirviendo vasos de alcohol a quien se lo pidiera. Una tarde, entró en la tienda un vagabundo, visiblemente borracho, que de repente comenzó a recitar cien versos de Homero en griego antiguo. Resulta impresionante escuchar en el podcast la voz del supuesto vagabundo recitando esos versos. Aunque no entendía nada, a Schliemann le encantaron la melodía y el ritmo, y le hizo repetir el canto al vagabundo, invitándole a copas que el aprendiz pagaba de su propio bolsillo.

Con el tiempo, Schliemann aprendió idiomas, entre ellos el griego, por supuesto, y emprendió una carrera meteórica para hacerse rico. Con treinta y cinco años pudo retirarse y dedicarse por entero a su pasión. "No había olvidado ni un sólo día a aquel vagabundo borracho y sus versos en griego. No había olvidado a Homero". Gracias a su fortuna comenzó a excavar a la búsqueda de Troya en la colina de Hisarlik, en Turquía, y cuando ya había desistido de encontrar algo interesante, el último día de la excavación dio con un auténtico tesoro que él relacionó con el rey Príamo. Sin embargo, la ciencia dató aquellas joyas halladas en unos mil años antes de que se desarrollara la guerra de Troya que nos relata Homero. Sin darse cuenta, y movido por su afán por encontrar el oro, resulta que Schliemann se había cargado los estratos superiores, en los que suponía que estaba la verdadera Troya cantada en la Iliada.

Mientras escuchaba esto, recordaba otra historia, mucho más antigua, y diferente, que alguien me contó cuando era niño. Es curioso. Poco antes de relatarnos la historia del vagabundo borracho que recitaba a Homero, Javier Peña nos advierte en su podcast: “Schliemann solía embellecer sus propias historias, y quizás no sucediera exactamente así, pero es sin duda una historia bien hermosa”.

Es exactamente lo mismo que hacía mi padre. Embellecía unas historias que probablemente no sucedieron exactamente así, pero que sin duda eran hermosas.

La historia que me contó mi padre sobre la excavación de Troya era muy diferente a la que escuché en el podcast. Según él, Schliemann ( o más bien “Eslimán”) “empezó a excavar en aquella colina y se encontró con la primera Troya. ¡!Siguió excavando (aquí ya se empezaba a entusiasmar, a mover los brazos y a poner ojos brillantes)… Y se encontró con una segunda Troya!!. ¡!Y así hasta siete Troyas, una debajo de otra!!”. La emoción con que contaba las historias, sus gestos, sus exageraciones, las pausas, las exigencias de atención… Podéis imaginar el efecto que aquella puesta en escena provocaba en un niño cuya imaginación ha tendido a desbordarse prácticamente desde que tenía uso de razón. Yo me imaginaba las siete Troyas una encima de otra, cada una con sus edificios completos, y encima de los edificios, los edificios de la siguiente, en diferentes planos a diferentes niveles, como un extraño cuadro de un para mí todavía desconocido Escher. Para mi padre, Schliemann era un héroe, y jamás me habría imaginado, hasta que escuché el podcast de Javier Peña, que lo que consiguió realmente al excavar fue cargarse la Troya de Príamo.

Me resultó muy curiosa la experiencia. Por un lado, se me derribó el mito de la excavación de Troya que me había contado mi padre, pero por otro, ha surgido uno nuevo: la historia de ese vagabundo borracho que recitaba versos de Homero en griego. Y os puedo asegurar que la sensación al escucharla de labios de Javier Peña, fue exactamente la misma que tuve hace más de cincuenta años (más cerca de sesenta que de cincuenta, de hecho…) cuando escuché la de mi padre. Volví a ser durante unos minutos aquel niño, que disfrutaba de cualquier historia que consiguiera hacer volar su alma a territorios desconocidos. No creo que abriera los ojos como cuando escuchaba embelesado a mi padre, ni que el corazón me latiera con tanta fuerza. El peso de la edad alivia esos síntomas físicos, pero los espirituales, la seguridad de estar escuchando algo nuevo, que no conocía, y que estaba añadiendo una nueva experiencia a mi mochila, fue idéntica. Sentí otra vez, con una fuerza que a veces creo perdida y que sin embargo sigue estando ahí (y probablemente ahora de una forma más intensa) la esencia de esa frase que tengo en el perfil de wasap, “Nunca es tarde para tener una infancia feliz”, atribuida al actor Gene Wilder. Comprobé que siguen intactas la curiosidad, la pasión y esa alegría que se siente ante una buena historia, capaz de sacudir la imaginación y acariciar el alma.

Volver a ser niño, o no dejar nunca de serlo. Aunque parezca una paradoja, creo que precisamente en eso consiste la madurez. Existen momentos en la vida en los que nos olvidamos de eso para embarcarnos en quimeras perversas con fines mercantilistas, como si eso fuera más gratificante que conservar esa esencia de niño que te hace sorprenderte de la misma manera que antaño ante una experiencia, un viaje, una relación… Cuando esos momentos grises se diluyen, y consigues recuperar esa capacidad que creías perdida, te das cuenta del auténtico valor de las cosas, y eres capaz de relativizarlo todo para acometer la vida de otra manera.

Resulta curioso comenzar un blog titulado “Cosas de libros” con una entrada dedicada a un podcast. Puede que sea una chiquillada mía más, o puede también que quiera dejar claro que lo importante son las historias, capaces de transformarnos, despertar nuestra imaginación, y enriquecer nuestra alma. Historias leídas, escuchadas o vistas, pero historias al fin y al cabo. Sin embargo, me centraré en los libros, alternando mis encuentros con ellos cuando era niño con mis experiencias actuales, que en esencia son las mismas.

Hay una historia más relacionada con el podcast de Javier Peña. Lo más probable es que no sucediera exactamente así, como las historias que contaban Schliemann y mi padre, pero de ser así, sería hermosa: te imagino en la soledad de tu silencio, escuchando las palabras de Javier Peña, en la oscuridad, en ese estado de desvelo que te sacude a veces a mitad de la noche. Escuchas, y sientes con toda tu alma la belleza de la historia. Te encantaría,  de estar a tu lado, despertarme y pasarme uno de los auriculares, para que escuchara contigo, pero no te queda otra que armarte de paciencia y vencer tu necesidad de compartir. A la mañana siguiente, durante el desayuno en tu casa, hablamos de tu noche, de tu desvelo, de tu actividad para superarlo, y surge de repente el podcast. Parece que no puedes esperar, porque la necesidad de compartir es mucho más fuerte cuando sabes de sobra, porque me conoces, que mi sensibilidad va a dejarse mecer por lo que ha mecido antes la tuya. No te importa escuchar de nuevo el podcast en su totalidad, a pesar de su duración. Al contrario, me miras mientras escucho, como intuyendo cada una de mis reacciones, de mis emociones. Te vuelves niña, una niña que comparte con generosidad sus ilusiones, sus pasiones, aquello que la ha hecho estremecer del mismo modo que lo hacía cuando era niña, cuando leía o cuando escuchaba historias muy similares a las que me hacían estremecer a mí. Me observas, preguntándote seguramente algo cuya respuesta ya conoces de antemano. Sí, he sentido lo mismo. Sí, tu alma le ha sonreído de nuevo a la mía. Hemos sido niños, como otras muchas veces, gracias al contacto con lo sublime. Porque quizá lo sublime sea compartir con quien sabes que va a amar lo que compartes, con quien intuyes una sensibilidad y una forma de ser tan especial como la tuya, una filosofía de vida que has mantenido intacta, contra viento y marea, sin dejarte avasallar por nada ni por nadie, desde que empezaste a disfrutar de las historias.

Probablemente no sucedió exactamente así, pero de haber sido así, sin duda sería una historia bien hermosa.

 

Comentarios

  1. Grande, Félix, grande. Me ha encantado. Lo volveré a leer con una canción de nuestra quinta de fondo: “Volver a ser un niño” del inmenso Enrique Urquijo. Esperando con prisas la siguiente entrada 😁

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    1. Muchas gracias, Roberto!! Precisamente tú eres de esas pocas personas que sabes de lo que hablo. Sensibilidades paralelas, se llama eso. Y por supuesto que escucharé esa canción, para recordarla contigo frente a esa próxima cerveza. Sigue navegando, querido
      amigo. Un abrazo fuerte

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