LOS INICIOS. EL LIBRO
Por verlo de una forma coloquial, existe ese dilema sobre lo que fue primero, si la gallina o el huevo. En realidad nadie lo sabe, pero todo el mundo tiene su opinión al respecto. Del mismo modo, te diré que, en mi caso, tampoco sé qué fue lo primero. No sé si fue el libro (El Libro), o la visita de casi cada domingo a la Cuesta de Moyano. Por mucho que se bucee en la memoria, es muy complicado recordar los orígenes. Más nítido, desde luego, me surge el recuerdo de estar tumbado en la alfombra del salón del antiguo piso familiar, el que estaba al lado del que ocupa ahora la abuela, con las piernas cruzadas a la espalda, escuchando la música procedente de un antiguo tocadiscos Philips monoaural cuya tapa era el altavoz, imagínate. Casi todo el mundo tenía ese tocadiscos por aquella época. Ni siquiera imaginábamos que pudiera existir un tocadiscos estéreo, un sonido estéreo, lo que se llamaba entonces “Alta Fidelidad” en los círculos privilegiados.
El Libro (las
mayúsculas las pongo adrede) que miraba tumbado en el suelo, fue el primero del
que guardo un recuerdo, y probablemente el más importante, el que marcó muchos
aspectos de mi vida y de mi forma de ser. Se trata de “Las aventuras de
Ulises”, publicado por la Editorial Teide, con ilustraciones de Mario Logli
y Gabrielle Santini, y traducción de Pilar Grimaldo. Es un libro de buen
tamaño, de tapa dura, con muchas ilustraciones, que cuenta de forma muy
resumida, para niños y para adultos con alma de niño, “La Odisea” de Homero.
Tampoco tengo claro si lo primero fue el Libro, o la película del mismo nombre
protagonizada por Kirk Douglas. No lo recuerdo. Lo que sí sé es que ese libro
no estaba en mi casa antes de que yo naciera, porque la primera edición era de
1963.
Si me hubieran
dado una peseta, y no te digo ya un euro, cada vez que miraba el mapa situado entre
la tapa y el cuerpo del libro, que describía la ruta que había seguido Ulises
desde que saliera de Troya, ahora sería millonario. Estoy convencido de que ese
mapa tiene mucho, muchísimo que ver, con mi afición a los planos, a los viajes,
y, por supuesto, a la literatura. Recuerdo perfectamente a mi padre recorriendo
la línea negra, explicándome cada uno de los lugares en los que paraba Ulises,
y describiendo esa curva cerrada, cercana a Ítaca, que nos cuenta que, cuando
estaba a punto de llegar a su patria, el perverso Eolo sopló sobre las velas de
su nave para alejarle repentinamente de ella. Mi padre decía “parece que va
a llegar, míralo – y recorría la línea con su dedo -. Míralo, ya llega, ya se
ve el puerto, ¡pero noooo…!! Se da la vuelta. Ulises no puede dominar la nave,
y vuelta a empezar!!”. Con ese mapa, cuyo encabezamiento decía “Los
viajes de Ulises a través del mundo conocido y no conocido por los griegos”,
aprendí que el país de los lotófagos estaba en la costa africana, que Escila y
Caribdis se situaban en el estrecho entre Sicilia y la punta de la bota de
Italia, que las sirenas y los cíclopes vivían en la costa de Italia, y que la
isla de Calipso estaba en las columnas de Hércules, en el Estrecho de
Gibraltar. Con ese mapa aprendí también a soñar, a disfrutar con el recorrido
que el bueno de Ulises, que había luchado en la guerra de Troya, tuvo que
sufrir para poder volver a ver a su mujer y a su hijo.
Por aquel entonces no sabía nada todavía de “La Iliada”. No sospechaba siquiera que el protagonismo de Ulises (Odiseo) había sido mucho menor en aquel relato. Durante muchos años solo conocí su historia, y no completa, porque el Libro como ya he dicho resume bastante aquel viaje de diez años, y le da más protagonismo a los episodios que se supone fascinan más a un niño (el encuentro con el cíclope, la Maga Circe, la bajada al Averno…). Las maravillosas ilustraciones, que sin duda despertaron también mi interés por el dibujo, atraían mi mirada de una forma que todavía recuerdo. Algunas, como la de los héroes que Ulises se encuentra en el Infierno, la del héroe tendiendo el arco poco antes de cargarse a los pretendientes de Penélope, y la de Polifemo, se quedaron grabadas en mi cabeza para siempre. Cada vez que las miro recuerdo perfectamente la sensación que tuve cuando las vi por primera vez, tumbado en esa alfombra.
Aquel libro
fue el principio de todo lo que vino después. Con los años leí “La Iliada”
y “La Odisea” en traducciones cada vez más fidedignas y completas.
Siempre me ha fascinado esa historia que se escribió ochocientos años antes de
Cristo por un poeta ciego, un cantor de leyendas que contaba los hechos acaecidos
ochocientos años antes que él, con una maestría que se ha dado muy pocas veces
después a lo largo de la historia. La Guerra de Troya y la vuelta de Ulises a
su hogar son probablemente las dos leyendas más importantes de la Humanidad. El
viaje, el honor, el castigo y el perdón, la magia, la venganza de los dioses, la
astucia, la fuerza, la lealtad, el amor… Todos esos valores, a veces de forma
exagerada y otras con una vertiente poética muy complicada de conseguir en
aquella época, están presentes en “La Ilíada”, y más todavía en “La
Odisea”. No puedo evitarlo, para mí es mucho más interesante el viaje de
Ulises. Hace un par de años apliqué el “Método Gornick”, sin saber
todavía en qué consistía (Vivian Gornick hace en “Cuentas pendientes” el
ejercicio de leer de nuevo los libros que leyó en su juventud, con resultados
sorprendentes y muy interesantes. Hablaré bastante de ese libro en este blog),
releyendo primero “La Ilíada” y después “La Odisea”. Por lo que
sea, por lo que significó, o por la magia que inyectó con una fuerza brutal en
el alma del niño que fui, sigo prefiriendo la segunda.
Ese libro fue
el primero, pero su legado, la huella que dejó sobre mí, ese despertar de la
curiosidad, de la afición a los viajes, a los mapas y a los dibujos, esa
sensación de estar ante una aventura del ser humano que demuestra su
importancia en la historia y en el mundo, no lo ha provocado ningún otro de una
forma tan contundente. Recuerdo que cuando leía algún pasaje interesante lo
comentaba con mis amigos del colegio, y me entristecía bastante que a ellos no
les interesara como a mí. Desde entonces siempre he tenido una necesidad casi
patológica de compartir lo que me gusta, y por eso probablemente estoy
escribiendo esto.
Es probable
que mi alma estuviera todavía sin estrenar, y que ese libro consiguiera
despertarla. Después vinieron otros muchos libros, que me sacudieron también, y
de los que te hablaré aquí. Libros que han ido forjando lo que soy, una forma
de pensar que no me ha venido impuesta por nada más que por la libertad que he
tenido siempre para leer los libros que he querido leer, aunque reconozco que las
influencias pueden a veces ir marcadas por los gustos que se van formando por
los libros precedentes. En cualquier caso, en cada etapa de mi vida he estado
acompañado de cierto tipo de libro, de cierto tipo de autor que me ha fascinado
y ha renovado mi curiosidad infinita, mi necesidad imperiosa de seguir leyendo.
“¿Por qué
leemos?”, escucho ahora muchas veces, como si existiera una necesidad de
hacerse esa pregunta. En mi caso leo porque no podría dejar de leer, porque
cada día, a poco que indague, encuentro un tema nuevo, una idea o un personaje
que despierta y mantiene viva mi curiosidad. Leo porque he llegado a la
conclusión de que, cuando esa curiosidad termina, o languidece, llega la
muerte. ¿Por qué lees tú? Me encantaría pensar que he tenido algo que ver en
esa afición tuya a la lectura, tan fuerte o incluso más que la mía, bien por
genética, o bien por simple observación. Tú también estuviste muchas veces tumbado
en una alfombra, con las piernas cruzadas a la espalada y los ojos vibrantes,
mientras te dejabas desgarrar el alma por las aventuras de algún héroe, que
podía ser Ulises o cualquier otro, mientras yo leía también sentado en el sofá.
Han existido
muchos libros después del Libro, pero ese fue el primero, y probablemente el
más importante, no lo olvides.


Soberbio, Félix, soberbio post. Yo no descansé del todo, cada vez que no llegué, hasta que Kavafis me enseñó que lo importante no era llegar a Itaca, sino las vivencias y los aprendizajes, las experiencias y el conocimiento que el propio viaje te proporcionó.
ResponderEliminarDeseando releer la Odisea (que en mi caso reconozco que fue por obligación colegial y, aun así, me gustó).
Muchas gracias, Roberto. La edición que tengo de "Viaje a Ítaca" de Kavafis está ilustrada con rostros, mapas, imágenes de barcos, del mar... Me la regalaron hace relativamente poco, apenas diez años, pero te puedo asegurar que la sensación que tuve al leer aquel texto y ver las ilustraciones, fueron exactamente las mismas que había tenido casi cincuenta años antes.
ResponderEliminarMuchas gracias por tus comentarios, un abrazo fuerte!!